Wednesday, October 25, 2006

En hojas de papel recortadas y cuidadosamente escogidas de entre las muchas que hallé abandonadas en el viejo desván de mis padres; en una calurosa noche de verano de hace muchísimos años; y que guardé, después de coserlas con un lazo azul, en una carpeta de cuero francesa regalo de mi tia Antoniette; reposan mis pensamientos, gran parte de mis sentimientos y los acontecimientos que llenaron tres años de mi vida.
Hoy las he contado y suman casi siete centenares de páginas manuscritas.
Al releerlas, he podido volver a vivir la evolución de mi frugal historia de amor con aquel hombre que un día fue mi esposo. Aquel a quien tanto amé. Aquel que tanto me quiso, a su manera.
Empecé a escribir esta especie de diario en 1984, curiosa fecha para un libro. Muchas veces me he preguntado qué sentido tiene seguir conservando algo que nadie leerá nunca; algo que sólo yo puedo comprender. Pero a menudo me envuelven las circunstancias que me rodean, y me pueden; hasta tal punto que parecen ahogarme. Y esta práctica de leer y recordar, realmente me llena, o me vacía, no sé cómo explicarlo. Es como si fuera capaz de proyectar en una pantalla de cine todo lo vivido, y lo dirigiera a un ser preciso, esperando una respuesta.

Friday, October 20, 2006

He pasado un día más en la penumbra del jardín. Llega el otoño, el frio, ha llovido y me siento cansada, esperando un eclipse que siempre confundo con tormentas de temporada. Persiguiendo un enigma al compás de la horas. Entre el sol y mi corazón. Junto al estanque donde los peces abren la boca, como si intentaran contarme algo que no sé entender. Uno flota panza arriba. No sé dónde he dejado la redecilla. Mis manos, al contacto con cadáveres, me llenan de imágenes que no quiero levantar. Como cuando ando despacio por una alfombra llena de polvo. Con tanto sigilo que parece respeto. Y como en el jardín botánico, yo también, con el pensamiento sigo el movimiento de los peces en el agua, y con una bolsa de plástico devuelvo a la tierra lo que es de la tierra. Y al corazón lo que nunca fue suyo: tu ausencia.

Thursday, October 19, 2006

Recuerdo un corto de MR Bean, donde sacaba una pantera rosa del bolsillo interior de la americana y la colocaba sobre el pupitre. Con tan mala fortuna que la cola le quedaba entre las piernas y perdia el equilibrio. Supongo que esa soy yo: la pantera coja.