En hojas de papel recortadas y cuidadosamente escogidas de entre las muchas que hallé abandonadas en el viejo desván de mis padres; en una calurosa noche de verano de hace muchísimos años; y que guardé, después de coserlas con un lazo azul, en una carpeta de cuero francesa regalo de mi tia Antoniette; reposan mis pensamientos, gran parte de mis sentimientos y los acontecimientos que llenaron tres años de mi vida.
Hoy las he contado y suman casi siete centenares de páginas manuscritas.
Al releerlas, he podido volver a vivir la evolución de mi frugal historia de amor con aquel hombre que un día fue mi esposo. Aquel a quien tanto amé. Aquel que tanto me quiso, a su manera.
Empecé a escribir esta especie de diario en 1984, curiosa fecha para un libro. Muchas veces me he preguntado qué sentido tiene seguir conservando algo que nadie leerá nunca; algo que sólo yo puedo comprender. Pero a menudo me envuelven las circunstancias que me rodean, y me pueden; hasta tal punto que parecen ahogarme. Y esta práctica de leer y recordar, realmente me llena, o me vacía, no sé cómo explicarlo. Es como si fuera capaz de proyectar en una pantalla de cine todo lo vivido, y lo dirigiera a un ser preciso, esperando una respuesta.